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En las ruinas de la antigua Cartago Por: Sebastian Henao Ramírez ![]() Cartago, la ciudad de origen fenicio que se fue convirtiendo paulatinamente en un imperio es hoy tan solo un suburbio cercano a la capital de Túnez, cuyo único atractivo turístico son las ruinas que dejaron a su paso las tres guerras Púnicas que sostuvo contra la República de Roma. Un símil, algo exagerado, encontré visitando la catedral de Pereira, de donde partí para resultar, sin quererlo, en el Sanandresito de Cuba. Una visita a las ruinas de nuestra propia Cartago. La gente está saliendo del primer oficio religioso que ofrece Nuestra Señora de la Pobreza, Catedral de Pereira con ínfulas de templo arqueológico, donde los reflectores amarillos chocan contra las paredes de ladrillo pulido para producir una temperatura de luz, que intensifica esa connotación “arqueológica” que dice tener el templo, testigo hipotético de la primera fundación de Cartago en 1540. Después de indagar y observar me despido de la Catedral para dirigirme al quinto piso de la Alcaldía, donde pretendo buscar fichas catastrales de predios que me den una idea de los edificios viejos de Pereira. No hay muchos datos. Uno de los más antiguos resulta ser el convento que hoy yace en ruinas en la 30 de Agosto. Con una resolana agradable llego a la portería del lugar. El convento de las Carmelitas Descalzas Un amable celador abre la reja que encierra el Convento en ruinas de la Avenida 30 de Agosto con calle 31. Por ella se accede a un amplio jardín de árboles frondosos que tapan una cruz que a lo lejos se ve sobre el techo de una casita. Unos pasos hacia ella me dejan en un mausoleo de criptas saqueadas. Es el cementerio donde reposaron los restos de las monjas que morían enclaustradas en éste convento y que hoy no es más que un pequeño salón con frases alusivas a la muerte. Las bóvedas vacías sobrecogen, le dan un aspecto lúgubre a este pequeño camposanto que está justo al frente de la entrada lateral del convento, por donde ingreso, no sin antes advertir el peligroso estado de la edificación. La entrada conduce a un oscuro corredor repleto de puertas a ambos lados. El sonido de las pisadas parece el de las crispetas cuando explotan, debido a la cantidad de restos de revoque caído que cuando se pisan, repiquetean. Aquí todo está en ruinas y amenaza con venirse al suelo en cualquier momento. Hay alcobas dentro de las alcobas y pasadizos en los pasadizos. Me meto por uno de ellos y al fondo, oscura, se ve una puerta de madera amarilla. No se abre. Como el cerrojo es de esos antiguos (de llave grande), se puede ver al otro lado un altar destruido. Puede ser la capilla, pero el acceso por este lado es imposible, por lo que hay que dar la vuelta a todo el convento para llegar allí. Un poco desubicado, salgo por una puerta que da al patio central, que hoy es una selva tupida de matorrales frondosos, flores variadas y pinos altos, de esos que crecen por este lado de la ciudad. Camino buscando una salida y encuentro unas escaleras que me conducen al segundo piso, lugar por donde el tránsito es imposible dada la carcomida madera que traquea, amenazando con irse al suelo si me atrevo a caminar sobre ella. Lamentablemente es el único camino para llegar a la torre del campanario, que se ve a lo lejos. Por fuera del claustro encuentro otra puerta. Es la entrada a un salón amplio y sin techo. Es el lugar más destruido de la edificación: la capilla. La puerta del interior del convento me guiaba hacia el lugar donde las Carmelitas descalzas escuchaban misa tapadas con un velo morado, para que nadie las viera. Este lugar encierra una mística especial. Sólo con pensar que las monjas de clausura se internaban en este convento hasta el día de su muerte resulta perturbante. Comienza a llover y la torre que divisaba desde adentro parece el escampadero perfecto. Desde la capilla encuentro una puertita por la que se accede a ella y allí me meto a esperar que escampe, mientras miro todas las ruinas en su conjunto. La lluvia se vuelve menuda. La ruta 1 del Megabús me aleja del convento, rumbo al centro de Pereira, donde me lleva la curiosidad de visitar otro edificio casi destruido. La moderna estación del bus, conjugada con las nuevas lámparas y las vías del articulado se configuran con las ruinas del convento de fondo, en un nostálgico contraste entre lo moderno y lo antiguo. La 30 de Agosto está perdiendo su edificio más viejo. Grietas y Gorgeos Frente al Diario del Otún, como un paria, está el Palacio Nacional, edificio que por muchos años ocupó el puesto de su vecino del frente como el más alto de Pereira. Ahora está encerrado por esterilla semioxidada y en su interior yacen seis décadas de historia tapadas con ocho años de polvo. Desde el primer piso, donde antes funcionaba la oficina de Correos de Colombia comienzo el ascenso a lo alto del edificio. Las escaleras tambalean con cada peldaño que se sube. Calcomanías viejísimas están pegadas en algunas paredes del segundo piso, siendo testigos silenciosos del tiempo que lleva abandonado El Palacio: “Serpatizante” de la campaña de Horacio Serpa de 1998 y (aún más vieja) “Andrés Presidente” de la de Andrés Pastrana en 1994. Ocho pisos de grietas y gorjeos de paloma, amplificados por el eco del edificio conducen a lo que el vigilante llama “el cementerio de palomas”. Tres antiguas oficinas que albergan una cantidad exagerada de plumas, excrementos y huesos de estas aves, únicos habitantes del inmueble desde que el terremoto lo dejó inválido. De nuevo en el primer piso, la reflexión llega cuando se alza la mirada y se miran todas las grietas del edificio en su conjunto: un terremoto le ganó la batalla a los cimientos del Palacio Nacional y la guerra la está venciendo la indolencia de la administración local. Otro edificio en ruinas que parece quedar para el recuerdo, así como el próximo, que para unos se está convirtiendo en un ícono de los enigmas pendejos de Pereira y para otros, en un dolor de cabeza para la estética urbanística de la ciudad. El edificio de Invico Dos perros grotescos ladran sin parar en la entrada de ese edificio al que todo Pereira se refiere como “Ese edificio feo de Invico…”. Con temor a que uno de ellos me propine un infeccioso mordisco, le pregunto al celador por información. Como era de esperarse, el vigilante no sabe nada e impide la entrada. Pero, ¿para qué entrar si todo se ve desde afuera? No tiene paredes que dividan el exterior con el interior, o sea que se puede observar su estado por dentro, que definitivamente amenaza con venirse al piso en cualquier momento. “Otro temblor y se cae” dice un señor que vende dulces en el puente de la 14 con avenida Ferrocarril. Y es que por las grietas que tiene (que parecen más bien cunetas) se puede meter hasta un gato. El piso no tiene baldosa y no hay cielo raso. Da grima ver el estado de un edificio que pudo haber servido para algo. Dos o tres vueltas alrededor de este edificio me despiden de él y de todos los chismes que tienden a relacionarlo siempre con un vestigio de la mafia en Pereira. Avenida de las Américas 62-19 es la dirección que me conduce al último lugar de esta excursión por las ruinas de mi ciudad. Es la edificación -no terminada- donde se iba a situar la EPS Risaralda. Sin embargo, por posibles problemas económicos, dificultades del terreno u obstáculos de otra índole, no se pudo terminar. Un trabajador de la bomba de gasolina contigua dice que el problema de la edificación fue que se diseñó sobre un terreno malo. Su compañero replica que él escuchó que habían levantado el edificio sin permiso de los entes encargados. De nuevo, nadie sabe nada. “Creo que el vigilante del Sanadresito de Cuba trabajó aquí. De pronto él le puede colaborar” dice otro trabajador de la estación de gasolina. Allá me dirijo, con un cambio de clima intempestivo, propio de esta ciudad. Mientras me como unas papas con gaseosa observo que en el Sanandresito de Cuba sí hay comercio. Informal, pero lo hay. Toda la zona aledaña a la que sería la entrada principal del Sanandresito está llena de puestos pequeños donde se venden partes de electrodomésticos, de carros y hasta piezas de loza de baño, todo de segunda, pero como dice uno de los vendedores, “de muy buena calidad”. La única mujer que atiende un puestito de cachivaches está hablando con un menesteroso que de un costal saca metales oxidados cuyo uso se lo sabrá dar los que conocen de plomería. “A esto se le da un baño con una agüita que preparamos y queda de primera” dice la señora, mientras quita la herrumbre de un manubrio de bicicleta. “¡Jueputa!”, grita llevándose el pulgar a la boca “¡Me enterré este pedazo de óxido en la madre de la uña!”. Mi descripción termina con el fin de la jornada de estos vendedores, que coincide con la puesta del sol. Los “Griles” se abren y la gente comienza a “Fuentiar” con las mujeres del sector. El celador no apareció, por lo que entrar al Sanandresito fue imposible, sin embargo pude observar su estado de abandono, que para muchos en el barrio es deplorable, teniendo en cuenta el gran beneficio que traería la apertura de este centro comercial para el sector. De vuelta a casa y con la noche casi plena, me pongo a pensar en mi ciudad: Pereira: la antigua Cartago valluna, que no habrá soportado los rigores de las Guerras Púnicas que dejó en ruinas a su homónima de Túnez, pero que sí ha tenido que sostener batallas contra terremotos, olvido público y negligencia administrativa. Y de éstas batallas han quedado sus ruinas: edificios que fueron construidos con un fin y nunca fueron terminados y otros que son patrimonio de la ciudad y nadie quiere sacarlos adelante para la memoria histórica de la misma. Esas son las ruinas de Pereira, la antigua Cartago por la que indagaba en un principio. No serán los vestigios que esperaba encontrar, pero son más elocuentes: hablan de una actualidad que todavía puede renovarse con funciones prácticas. Hay muchas otras edificaciones como éstas que están sometidas al olvido, pero de esas ya se hablará algún día, cuando se vuelvan mitos urbanos gracias a la imaginación de los ciudadanos o a que nadie soporte verlas sin ningún uso. |
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